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Atletismo

La nueva vida de Antonio Silio

Uno de los mejores atletas sudamericanos de las últimas décadas, cuenta como es su nueva vida en España junto a una familia de refugiados de guerra, el alto costo que tuvo que pagar por involucrarse en la lucha por el medio ambiente en Nogoyá y sus recuerdos de la Virgen del Carmen

Por Gonzalo Cornago

Antonio Silio no levanta la voz, no gesticula. No necesita llamar la atención para que su palabra tenga peso propio. Es el mejor atleta argentino de las últimas décadas. Aún hoy, todavía mantiene algunos récords, sin embargo el anda por la vida como una persona más. Ya sea en España, donde reside la mayor parte del tiempo o en su Nogoyá natal, donde siempre vuelve.  Lo que no deja de hacer Silio es mostrar su compromiso con el prójimo. Siempre dispuesto a dar una mano para quien lo necesite o para comprometerse con alguna causa justa. Lo hizo en su ciudad, cuando una fábrica de biodiesel contaminaba el medio ambiente o lo que sucedió recientemente con refugiados de la guerra que aún alberga en su casa.  No fue muy diferente en su época de deportista de elite, cuando luchaba solo contra molinos de vientos.

A pesar de que ha pasado mucho tiempo desde que dejó de correr profesionalmente (hoy siempre se hace un tiempo para trotar) hay cosas que siguen doliéndole como aquel día, y sin embargo no se enoja, no quiere revancha. Le importa solamente que otros atletas no tengan que vivir lo que vivió él. “Siempre me facturaron el hecho de haberme ido solo a España, por mi cuenta, sin pedirle nada a nadie. Muchas veces no me pagaron becas, nunca tuve apoyo. Eso me afectó y mucho durante mi carrera. Fue un dolor que siempre tuve. Yo sabía que ellos querían verme fracasado, que me fuera mal. Eso es muy doloroso cuando viene de dirigentes del país de uno. Pero si no me hubiese ido a España, mi carrera habría sido una más. Habría tenido una trayectoria muy corta”, suelta el ex fondista.

El atletismo lo empujó a dejar su Nogoyá natal, donde vivía junto a sus padres y ocho hermanos, por Buenos Aires. Y luego lo llevó a vivir en España y conocer el mundo corriendo. Cada tanto, tiene que dejar por un tiempo a su familia, que ahora se compone con su esposa, Jaqueline, y sus hijos, Nahuel y Matías, que viven en España. La causa vale la pena: dejar un legado que vaya más allá de sus récords.

Y se conmueve con un recuerdo: “Cada competencia en la que colaboro me veo reflejado en mis comienzos, cuando hacía dedo en la ruta para que alguien me llevara a los lugares donde se desarrollaban las carreras. Esa etapa, la de mis inicios, fue la que más disfruté. Aunque no tenía ni zapatillas para correr, cada vez que recibía una medalla me llenaba de orgullo”.

¿Recordás cual fue tu primera carrera?

Si por supuesto. Siempre la tengo presente: fue el 17 agosto de 1981  en el campito San Miguel y gané los 1500 metros en 4m 18s y a las dos semanas fui campeón argentino de 3 mil metros con un tiempo de 8m 57 los 3 mil. Hoy en día puedo hacer los mil metros en 3m 15 más o menos. Lo mío se daba muy natural. Yo jugaba al fútbol que me gustaba mucho y hacía diferencia con la velocidad que tenía. Pero nunca había entrenado específicamente para ser atleta.  A partir de ahí ya no pare más. El profesor Lopez comenzó a entrenarme y después ya me fui a Buenos Aires.

Siempre estás volviendo a Nogoyá?

A Nogoyá vuelvo siempre que puedo  porque amo a mi ciudad, nací acá y tengo mis raíces, mi familia, hermanos… Mis hijos y mi señora siguen en España, pero yo sigo amando a la Argentina y me voy a morir con la bandera puesta. En algún momento pensé en afincarse definitivamente en el país, pero acá todo es muy cíclico. Nunca quise ponerlos en el riesgo de venir a un lugar donde la situación está durante un tiempo más o menos bien pero después todo se cae y se entra en una situación dura.

Que recuerdos tenés de la fiesta de la Virgen del Carmen?

Yo me fui a los 16 años de Nogoyá y desde ese momento muy pocas veces he vuelto a estar en la ciudad para esa fecha. Si recuerdo que se esperaba con muchas ansias esos días, me acuerdo de ir a misa, de la fiesta que se realizaba en el pueblo.  Creo que lo mejor que tenemos en la ciudad para mostrar es la básilica y la devoción de la ciudad para con su madre patrona. También tengo muy presente la fiesta de San Ramón, porque nosotros vivíamos en la Villa y siempre estábamos ayudando

Te comprometiste e involucraste en la lucha con el medioambiente en la ciudad.

Cuando me sumé a la lucha por el medio ambiente en Nogoyá, muchos quisieron sacarme de circulación. Hay muchos intereses económicos, no se respetaba nada y lo hacían con una impunidad total. Están contaminando nuestro planeta y muchos ni se hacían problema. No puede ser que una fábrica se instale a cualquier precio. Los gobernantes muchas veces miran para el costado. El Municipio y la provincia tiene que ser más rígidos para poder cambiar las cosas. Acá no se arregla con dinero, si se daña el medio ambiente nos perjudicamos todos. Yo participé de una reunión donde  ante gente del municipio, la gente de la fábrica reconoció que incumplió normas y derramó productos tóxicos, y se comprometió a subsanar lo hecho, como si todo el pasado debiera ser olvidado. Yo no estoy de acuerdo con eso, porque todo el impacto ambiental de los químicos tirados al suelo, a los arroyos y a las lagunas nos llevará años, décadas en sanar.

Ahora decidiste comprometerte  con niños y familias refugiadas de la guerra entre Rusia y Ucrania

Un día charlando con un amigo uruguayo y conversando con su novia, surgió la idea de traer gente de Ucrania. Veíamos en la televisión que escapaban como podían y sentimos que podíamos hacer algo y decidimos organizarnos. Patricia decidió poner su auto y entre los primeros trámites, tuvimos que conformar una Sociedad Benéfica, para no ir en forma particular y ser rechazados, y no podríamos lograr el objetivo.

Lo que arrancó en una charla informal de sobremesa con amigos, fue tomando forma. Y comenzó a sumar adhesiones: “Quienes se iban enterando, nos acercaron medicamentos y cosas para los niños principalmente, como para que llevemos ayuda. Llenamos 4 furgonetas y un sábado partimos”.

“Hubo gente que nos llamaba para colaborar, nos alojaron en el camino y otros que nos daban ayuda económica como para ir pagando gastos de gasolina y compras básicas. También en el tiempo de hacer ese trayecto, fuimos reuniendo familias que querían contener o alojar niños. De hecho, llegamos a la frontera de Polonia con 20 familias interesadas en recibir a 50 ó 60 niños, con sus mamás o sus familiares, que habitualmente son mujeres, porque los hombres deben quedarse a luchar, sólo salen aquellos que tienen más de tres hijos”.

Como se adaptaron a esta nueva vida?

De los cuatro chicos, el más grande es el que se ve que más ha sufrido la guerra, se le nota cuando escucha un ruido fuerte. Recuerdo uno de los primeros días estábamos caminando y justo cruzaba el tren de alta velocidad. Él se asustó, pensaba que era un avión que venía a bombardear. Igualmente, creo que el primer día es el más duro de transitar, porque desconfían muchísimo -y es normal-, no querían tomar nada ni aceptar un caramelo siquiera. Cuando los retiramos del centro de operación, los llevamos hasta la familia polaca que nos hospedaba y como ellos dominaban un poco el idioma ucraniano, les explicaron que éramos un grupo que quería ayudar, que no tuvieran miedo y con los días se fueron soltando. Hoy en día yo los llevo y traigo del colegio donde concurren durante la mañana y el estado les da el almuerzo y después ya se quedan en casa haciendo actividades y siempre colaborando en lo que pueden. Son muy cariñosos con nosotros.

Viste en ellos el desarraigo que tuviste que vivir vos?

Un 2 de abril de 1989 me vine a España, hace 33 años, en busca de un nuevo horizonte con el atletismo. Era por unos meses, pasó el tiempo y ya llevo más de media vida en España. Me nació así y se pudo concretar. Lo peor que te puede pasar es llegar a un lugar y no tener a nadie que te de una mano o te guie. Los momentos más duro es cuando ni siquiera sabes el idioma y estas totalmente perdido. Tenés que acostumbrarte al idioma, a la idiosincrasia del lugar .  Por suerte, hay mucha gente solidaria que se ha volcado a recepcionar refugiados. Fue  un golpe duro cuando llegamos al lugar donde estaban todas las madres con los niños refugiados. Era muy triste, porque era como un velorio. Todos con la cabeza gacha, con mucha tristeza. Fue durísimo ver eso y entender por el momento que estaban pasando. Los nene no hablaron una palabra desde que salimos de allá hasta acá. En el camino fuimos encontrando gente que iba a hacer lo mismo que nosotros, desde Finlandia, Portugal y otros países. Eso es lindo. Es quizás algo bueno, que queda de este desastre. Por una loca decisión de uno, ciudadanos tienen que pagar el desarraigo, la división de su familia, buscar un nuevo horizonte. Tal como está la destrucción de las ciudades afectadas, creo que esas familias demorarán años en regresar y me parece que si vuelven es bajo la condición de ser sometidos a un a un régimen, entonces lo mejor es ser libres en otro país.

La nota completa en El Boletín Deporte+Cultura

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