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“Puma” Martínez salió del rincón más oscuro y se regaló un título mundial

“Estuve varios meses perdido, lo eché todo a perder cuando murió mi viejo”, confiesa el boxeador, que superó las adicciones y que obtuvo el cinturón supermosca de la FIB

El orgullo infla su pecho. La gloria se le escapa en forma de lágrimas por sus ojos achinados. Los pensamientos se le disparan en sonrisas infinitas al ver la multitud que lo ovaciona e imaginar los miles que celebran en la Argentina. El diminuto físico de Fernando “Puma” Martínez se volvió gigante en la meca del boxeo. A los 30 años, contra todos los pronósticos, derrotó por puntos y en fallo unánime al filipino Jerwin Ancajas y se consagró campeón mundial supermosca de la Federación Internacional de Boxeo (FIB), en el Hotel Cosmopolitan de Las Vegas, Estados Unidos. Las tarjetas connotaron una amplia supremacía: 118-110, 117-111 y 118-110.

Entrenado y manejado a la vieja usanza por el profesor Rodrigo Calabrese, el ‘Puma’ Martínez es una de las joyitas del boxeo argentino con destino de grandeza. Las expectativas que porta desde el mismo día que, con 14 años, debutó como amateur en el tradicional gimnasio Unidos de Pompeya y comenzó a acumular triunfos, no le pesan cada vez que sube al ring.

Tiene hambre de gloria y condiciones. Con un récord invicto de 14 triunfos (8 KO), el ex olímpico en Río 2016 afrontó la primera oportunidad mundialista ante un rival que lleva siete años como campeón y varios nombres de fuste entre sus vencidos.

–¿Qué significó para vos esta pelea con Arcanjas?

–Esto es uno de los sueños de mi vida. Llevo mucho tiempo esperando esta oportunidad. Desde que me inicié en el boxeo, a los 11 años, siempre aspiré a ser campeón mundial. Se me juntan todas las emociones, porque llegó la chance. pero no está mi viejo para verme.

–¿Te pusiste a analizar lo bueno y lo malo que esta chance te llegue a los 30 años?

–A lo mejor la oportunidad se hizo esperar demasiado, pero eso ya no dependía de mí. La espera me ayudó a madurar y a tomar mejores decisiones sobre mi vida. Hoy siento que estoy en el momento personal y boxístico justo para una pelea mundialista

Con 30 años y un récord de 33 triunfos (22KO), una derrota y dos empates, Jerwin Arcanjas es un típico peleador filipino. No tiene elegancia ni técnica descollante. Ni la velocidad de piernas de Manny Pacquiao ni la potencia de Nonito Donaire. Pero es un tesonero, buscador permanente de su adversario, generalmente intentando la sorpresa para el recto o el cross de izquierda, su mejor golpe. Físico fibroso. Alto para el peso: 1,70 metro. Se maneja con gran libertad y fiereza sobre el ring. Trabaja mucho a la zona blanda. Además, cuenta con la ventaja de ser el campeón y un acuerdo firmado para unificar la corona con Kazuto Ioka, el campeón AMB. El negocio gira en torno a su nombre. “Será porque no me conocen. Qué sé yo…”, acota Martínez, que es el primer argentino en pelear por una corona mundial en 2022.

Los ojos achinados y traviesos de Fernando Martínez se transforman al hablar de los sueños. Irradian el brillo genuino del pibe del barrio de la Boca con resabios infantiles y desprolijos cabellos. Su presente boxístico está mucho más allá del exitoso paso por la selección argentina y el difícil desafío que asoma en su horizonte. Es el hijo de Silvia y Abel, que falleció hace unos años y lo extraña horrores, es el séptimo de 12 hermanos que se criaron en un conventillo de la calle Olavarría, es el hincha fanático de Boca, es el joven vulnerable y soñador que le encontró sentido a la vida boxeando.

–¿Es verdad que estuviste a punto de largar el boxeo?

–Sí, estuve mal, lo eché a perder todo cuando falleció mi viejo. Me metí en el alcohol y arranqué a rodearme con la gente equivocada. Estuve varios meses perdido, no quería saber nada con el boxeo. Mi vieja y Rodrigo hicieron lo imposible para sacarme de ese ambiente. Y de a poco se fue acomodando todo. En el 2015 volví a la selección, gané el Preolímpico y fui a Río 2016. Hoy estoy como siempre lo quiso él.

–¿Cuál fue el click para salir?

–Darme cuenta un día del sufrimiento de mi vieja, de lo mal que la pasaba viéndome en ese estado. Con Rodrigo venían a hablarme todos los días para sacarme de eso. Ella estaba desesperada, hacía lo imposible para que entienda que estaba equivocado y que mi viejo no quería eso para mí.

–¿Recurriste a alguna ayuda profesional?

–No, salí por mi propia voluntad. Pero me hubiese gustado la palabra de alguna especialista, tengo ganas de hablar con algún psicólogo. Sobre todo, porque ahora se me vienen cosas nuevas, que uno no las sabe manejar.

Cuando Fernando, el pibe recio y de pegada letal sobre el ring, habla de su pasado y recuerda a su padre en la charla, sucumbe en lágrimas. No puede esconder el vacío que le dejó su partida y el dolor que le provoca su ausencia. Es que Abel, de profesión pintor de autos, fue quien le inculcó al ‘Puma’ la pasión por el boxeo. “Él me paseaba por el barrio diciendo que iba a ser campeón mundial. Nosotros somos 12 hermanos y nos criamos con muchas necesidades, pero mi viejo siempre se desvivió para que no me faltara nada. Ellos desayunaban mate cocido con pan y a mí me compraba un yogurt para complementar la dieta; ellos cenaban un guiso y a mí me daban el mejor corte de carne. ‘Hay que cuidarlo, va a ser campeón mundial’, decía. Lo extraño un montón”, admite, sollozando.

–¿Te sentís mentalmente preparado para ser campeón mundial?

–Me siento preparado, pero no sé cómo será realmente cuando me toque. Gracias a Dios, por las cosas malas que viví, sé dónde no quiero volver a estar. De esas cosas malas aprendí mucho y espero no repetirlas.

Hoy, lejos de ese momento de oscuridad, Martínez vive un presente lleno de optimismo. Su panza está más llena y la menta más limpia. Se dedica cien por ciento al boxeo. Vive en pareja con Micaela Torta, una boxeadora aficionada, logró comprarse su autito y ayuda a su mamá Silvia. Y mucho tuvo que ver Rodrigo Calabrese, su formador y consejero. La relación excede a lo técnico; es como un padre, que lo rescató de la mala vida. Se encarga de negociar las ofertas de peleas y cuidarlo a sol y sombra desde hace siete años. “Antes que muera su papá me dijo que lo cuide y lo haga campeón del mundo”, acota el entrenador. Lo que Amílcar Brusa fue para Monzón, Rodrigo lo es para Fernando. “Siempre me está encima aconsejándome para que haga las cosas bien”, confiesa el ‘Puma’.

Por Fernando Vázquez

FM deportes
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