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Básquet

“Esto ha sido todo, amigos”

“Pepe” Sanchez, el histórico jugador de la Generación Dorada, volvió a jugar al básquetbol profesional ocho años después de su retiro por pedido de su hijo.

“¡Papá, jugá vos, jugá vos!”. Repica todavía la frase en su cabeza. Se humedecen los ojos, se respira felicidad. Se erige su figura, se cumplen promesas. Se atiende el compromiso y se llena de magia la escena. La playa de Monte Hermoso, un llamado y la inocencia de Vicente, que tiene siete años. No lo puede resistir y allí va, toma nuevamente el teléfono y pide que se realicen los trámites pertinentes. No importa la edad, son 44 años, ocho temporadas sin competencia oficial, pero en sus manos está la clave. Papá cristaliza el deseo. Bahía Basket se beneficia.

El básquetbol argentino vive una noche milagrosa y él demuestra que el tiempo todavía lo hizo más sabio. Juan Ignacio Sánchez, “Pepe”, uno de los emblemas de la Generación Dorada, se amigó con la incertidumbre. Con la 4 en la espalda, volvió a jugar en la Liga Nacional, en su propio equipo. Así, como un nene, regresó y sintió que la vida le dio otro hermoso regalo.

¿Cómo surgió la idea?

“Fue todo muy abrupto, por decirlo de alguna manera. Por la tarde me llamó Pipa (Gutiérrez, responsable del área de básquetbol de Bahía Basket), porque yo estaba en Monte, para ponerme al día y contarme que estábamos súper cortos, que otro chico se había lesionado. Éramos seis, todos juveniles, salvo Iván Catani. Después todos chicos de 16 y 17 años. Por eso era complicado poder competir. Bajé a la playa para buscar señal de celular, porque en el barrio es muy mala y cuando subo para contar lo que estaba pasando como algo más, me dice mi hijo: “¡Jugá vos papá, jugá vos!”. Inmediatamente pensé: ‘es una locura, estoy en la playa’. Pero era una chance. Yo le había prometido a él jugar un partido de básquet, porque nunca me vio. Tiene 7 años y yo me retiré hace ocho. Él sabe que jugaba y que me dedico al básquet, pero nunca me vio. Vicente se considera un artista, pinta, hace repostería, hace trucos de magia, arregla cosas, es decir que es un palo diferente al mío. Siempre le digo que lo admiro como artista. Le dije en más de una oportunidad que me gustaba la idea de que me viera jugar, para que sepa lo que yo hice. Así que bueno, llamé a Pipa, les dije que me inscriban, pidan los permisos y que hagan todo el papeleo. De repente, unas horas después, estaba en viaje a Bahía Blanca a jugar. Una locura hermosa y una locura que tiene principio y fin. Era jugar este partido para ayudar al equipo, a los chicos les había prometido jugar, que Laura (Cors, la entrenadora principal) me dirija era especial, simbólico”, le contó Sanchez a Diego Morini periodista del diario La Nación.

No se podía detener, la felicidad por sentir nuevamente la sensación de ser jugador le corre todavía por la sangre y le hierve esa pasión: “Cuando llegué tenía un poco de nervios. Antes del partido no sabía si iba a aguantar, porque si bien me entreno y estoy en forma, un partido tiene otro ritmo. Hay gente, están los árbitros, los rivales que quieren los puntos. Tenía muchas incógnitas. Pero cuando pisé la cancha, en el lugar en el que disfruto y me siento más pleno, pasó lo que pasó”, contó Pepe Sánchez, que tuvo noche en la que fue determinante para la victoria de Bahía sobre Gimnasia por 91-87, en tiempo suplementario, y en la que cerró una planilla con 12 puntos, 8 rebotes, 8 asistencias y 2 robos, en 28 minutos.

“Abraza la incertidumbre”, dice un tatuaje que tiene en su antebrazo. Y desde allí se puede comenzar a entender por qué regresó a jugar y por qué fue tan especial. Hace un tiempo, le contó a LA NACION: “Los médicos me decían que no podía tener hijos, y en ese momento, por mi mirada lineal de la vida, me preguntaba «¿cómo puede ser, si yo soy un atleta de alto rendimiento? ¿Cómo yo no voy a tener hijos?». Y se convierte en un tema con uno mismo, porque uno piensa «si todo lo que me propuse en la vida lo logré. Esto, que es algo natural, ¿cómo no voy a lograrlo?». Ahí uno debía aceptar que la vida no era lineal y que era posible no alcanzar todo lo que yo pensaba que podía hacer. La vida me puso en mi lugar y me dijo «tuviste una buena racha. Bueno, ahora se cortó»”.

Desde allí se comprende qué sucedió en la noche del Dow Center y por qué representa un mojón en la vida de Pepe Sánchez: “Vicente me gritaba todo el tiempo: ‘Papá, papá’ y me saludaba. Es como que no entendía muy bien lo que pasaba, pero tenía una carita de orgulloso… Era como sentir que él pensaba: ‘¡Ese es mi papá!’. Yo todo el tiempo miraba a mi mujer y a mi hijo. Mi viejo y mi hermano lo vieron por streaming desde Monte. Para nosotros fue hermoso. Para nosotros fue muy especial. Porque fue muy difícil tener a Vicente, por eso llegó tanto tiempo después, pero llegó. No deja de ser parte de esta historia. Pensar que no era posible tenerlo y que haya sucedido, está muy relacionado con todo lo que pasó anoche”.

Pepe Sánchez fue el primer argentino en debutar en la NBA, en el 2000. Fue campeón de Europa con Panathinaikos. Jugó en Barcelona y en Real Madrid. Es una figura del básquetbol mundial. La noticia cruzó las fronteras, naturalmente. La revista española Gigantes escribió: “No están leyendo una inocentada ni estamos a principios de siglo. Es 2022 y esta madrugada, en la segunda división de la liga de Argentina, el mágico Pepe Sánchez volvió a las canchas con 44 años. Nueve años después de su retirada. Y lo hizo como si nunca hubiera colgado las botas. Con asistencias de fantasía y un ‘clínic’ en la dirección. Como toda la vida”. Noticias similares se publicaron en portales del deporte en Grecia o en Italia.

Juan Gutiérrez publicó en Twitter la foto con la emblemática camiseta 4 de Pepe Sánchez con un papel escrito por el mismo presidente/jugador por una noche del equipo: “Esto ha sido todo amigos”. El sentimiento de haber cumplido una hermosa y efímera locura, resumido con la sencillez de cinco palabras. “La idea era jugar un partido. Listo, ya está. Ya me están tironeando para que juegue otro. Me interesaba estar fluido para que las personas que me vieran pudieran notarlo. Es lo que a mí siempre me gustó del básquet, ser parte de un equipo. Siempre me sedujo eso. Siempre vi el juego como un arte, como algo estético. Por eso cuando la gente va a la cancha está buscando esas expresiones estéticas de los jugadores. Y siento que pude estar a la altura, más allá de mis 44 años. Creo que valió la pena”.

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